martes, 26 de julio de 2016



La casa tomada

 

    Para explicar la situación actual en Venezuela, el Diputado Héctor Rodríguez ha recurrido a la metáfora de la casa.  Equiparó la situación del país con la de una familia que ve disminuidos sus ingresos: "Estamos atravesando tiempos difíciles, nadie lo puede negar. Que hayan bajado los ingresos petroleros de 3.500 millones de dólares mensuales a 100 es como si en cualquier casa hubiesen bajado los ingresos de 30 mil a mil, porque botaron a los que trabajaban en la casa. En esa casa yo estoy seguro que no se van a poner a pelear, sino que se van a abrazar y van a decir vamos a trabajar, vamos a producir, vamos a salir de esta dificultad".  Rodríguez no es el primero que echa mano de esta explicación.  Ya el presidente Correa del Ecuador lo hizo una vez para explicar la evolución económica de su país, el tránsito de la precariedad a la prosperidad, y luego de vuelta a las dificultades.  “Antes del Gobierno, (el país) era como una familia que vivía en una casa de caña, en un terreno ilegal, sin educación, ni salud para sus hijos y, encima, el jefe de familia pierde su trabajo y se queda en la miseria, sin comer. Ahora somos una familia de clase media, con una casa de cemento, un carro, terreno legalizado, hijos con educación, salud. Tal vez tenemos un problema, tal vez nos quedamos sin empleo, el jefe de familia, pero tiene tarjeta de crédito para seguir subsistiendo, pero ya el país está en otro nivel.”  Probablemente haya un valor didáctico en estas explicaciones que usan la metáfora de la casa.  Acaso tenga que ver con el hecho de que la palabra Economía viene del griego Oikos que significa casa. Por eso, el país reducido, a escala, los problemas explicados para que cualquiera entienda, usando la casa como referencia, sin necesidad de recurrir a teorías que suenan a esoterismo o a cualquier otra cosa patrocinada por el imperialismo yanqui, por el capitalismo global que nos tiene a todos oprimidos y jodidos, pues. 

     No cabe duda de que hay un gran problema con ese tipo de explicación.  Cuando todo va bien, es el padre de familia el que se lleva las palmas, esto es, el gobierno. El padre es el que genera todos los ingresos de los que disfruta la familia y, generoso, reparte la riqueza entre todos los miembros de ella.  Este padre responsable provee: la casa, el carro, la educación, los servicios de salud.  La familia, en consecuencia, crece y prospera merced al buen juicio del padre.  Pero cuando las cosas están saliendo mal este modelo explicativo falla estrepitosamente por una simple razón: la ausencia de causalidad ---y con ella la ausencia de volición y de responsabilidad.  Cuando las cosas salen mal en el país siempre se recurre al mismo tropo: el padre perdió el trabajo, y la familia (la sociedad) sufre agudamente las consecuencias.  Cuando las cosas van mal, el relato de la crisis se asemeja al cuento de Julio Cortázar “Casa Tomada” en el cual fuerzas ignotas, incorpóreas y sombrías expulsan a una pareja de hermanos del hogar. En el relato de Cortázar se produce la ruptura de la trama de la realidad cotidiana merced a la presencia de estas fuerzas que no podemos ver, pero sí que podemos sentir con inquietante vividez.  El relato de la crisis venezolana comparte este atributo con “Casa tomada”: la ausencia de causalidad.  Pero lo que es una virtud en el relato de Cortázar, resulta una falacia, un defecto en el relato de la crisis venezolana.  El relato de la crisis venezolana es oscurecido mediante la sobre simplificación del núcleo de sentido que puede atribuirse a lo que está sucediendo. Nunca se nos dice por qué el padre pierde el trabajo, tampoco por qué la familia no tomó la previsión de ahorrar, de disponer un fondo de contingencia o algo por el estilo; menos aún se nos dice por qué en esta familia de marras nadie más que el padre trabaja, y todos dependen de él.  No se nos dice que la Visión Socialista de la renta petrolera nación con plomo en el ala porque jamás consideró los intereses del resto de los actores del mercado petrolero; porque, cándidamente, los chavistas pensaron que los precios del petróleo permanecerían altos toda la vida; porque nunca se les ocurrió pensar que sus socios en la OPEP, llegado el momento, velarían por sus propios intereses y no por los intereses de una manga de improvisados, disfrazados de revolucionarios del siglo XXI.  Los socios de la OPEP están librando una guerra de precios en contra de los productores de petróleo de esquisto, Rusia se coloca al margen de todo, dispuesto a hacer nada; los precios desploman y Venezuela se ve a sí misma rehén de esta guerra, se siente traicionada (pero no lo confiesa) por sus socios y amigos en esta empresa de crear un mundo multipolar. Así pues, no cabe dudad de que el padre de familia ha perdido su trabajo por incapaz, por inepto, por no saber hacer su trabajo, por no haberla visto venir. 

     He allí la razón de la pérdida de ingresos.Por otro lado, este padre ha demostrado, también, ser un irresponsable, malcriador de sus hijos.  Gastó y gastó, pidió fiado para complacer a sus hijos y, aún, a sí mismo.  Este padre generosísimo no puso límites a las demandas de sus críos, pensó que la bonanza duraría para siempre, y ahora está limpio y endeudado.  Ya no puede comprar comida porque, primero, la tarjeta de crédito le rebotó al alcanzar su límite de crédito; después, el del abasto le dejó de fiar porque vio que no iba a pagar; y así, no le fían ni en la farmacia o le prestan dinero sus allegados porque de dónde limones si la mata se secó.  ¿Y ahora que hacemos?  ¿Quiere el padre un voto de confianza después de semejante cagada?  Entiendo perfectamente por qué esta familia está peleando: porque está frustrada al ver que el que se suponía que sabía lo que estaba haciendo no tenía, en realidad, ni idea.  ¿Que hay que trabajar? Ciertamente. Pero no se le puede dar el mando a quien clama que la crisis ha sucedido porque la casa está tomada, no. Así no se puede emendar la plana. Hay que cambiar al jefe de familia, hay que darle el mando a otra persona que pueda ver las cosas con claridad, más centrada, menos cándida, más previsiva y asertiva. ¿Y el padre?  Pues debe admitir sus errores, velar por el bienestar de la familia, eso antes que nada, y dar un paso al costado, permitiendo que otros hagan lo que tiene que ser hecho por el bien de todos.

viernes, 22 de julio de 2016

El que espera lo menos...






    Siempre pensé que el ascenso de Hugo Chávez fue obra de la casualidad. Si en lugar de él, hubiese sido Arias Cárdenas el que hubiese comparecido ante los medios esa mañana del 4 de febrero, hoy día estaríamos hablando no del chavismo sino del arianismo o del cardenismo, o de cualquier otra cosa parecida.  Pero no es acerca de eso que quiero escribir hoy, es decir, no quiero hablar del poder decisivo de los medios en tanto artífices de la creación del fenómeno Chávez.  Más bien, quisiera referirme a otra cosa relacionada con esa comparecencia: Chávez se constituyó en el rostro del cambio que demandaba Venezuela porque, sencillamente, dio la cara, se hizo responsable de sus actos.  Y esto representaba un gran cambio en la Venezuela de los 90, la misma Venezuela del “me engañaron” de Lusinchi, del chino de RECADI, de Vinicio Carrera. Una Venezuela, pues, marcada por la impunidad, la irresponsabilidad, el yo no fui, fue Teté. Esta no es una idea original.  Creo que esta idea se la he leído a Barrera Tyszka o tal vez a Tulio Hernández, no me acuerdo.  Sin embargo, me gustaría contrastar esta idea con otra aserción que hemos escuchado repetir hasta el cansancio: que el Chavismo dio voz a los pobres, que los empoderó, los hizo dueños de su destino. Ese es uno de los argumentos que se esgrime cuando se trata de explicar el apasionamiento de los seguidores del fallecido comandante. Me parece, en cualquier caso, que esas son las dos caras de una sola moneda: responsabilidad y empoderamiento; he allí los supuestos dos pilares del chavismo.  

       Hoy, cuando el chavismo está en sus horas más bajas, me llama la atención que esos dos pilares han desaparecido.  La guerra económica es uno de los síntomas más evidentes de esto.  Ya el chavismo no da la cara, tan sólo se hace la víctima.  Pero hay más.  Maduro declaró hace no mucho que “Abastos Bicentenario se pudrió”. Te das cuenta entonces de que no hay voluntad de asumir que, por acción u omisión, ellos son responsables.  Los cuarenta y nueve detenidos del caso de los Abastos Bicentenario no son más que otros chinitos de RECADI, chivos expiatorios, cabezas de turco.  Así pues, lo que me llama la atención es la retórica: “se pudrió” Abastos Bicentenario.  No hay allí agencia, ni responsabilidad. Es como si se tratara de un evento natural.  Abastos Bicentenario se pudrió como un mango más que se cayó de la mata. Luego, no debe extrañarnos que la crisis eléctrica y del agua en Venezuela sea culpa, exclusivamente, del fenómeno de El Niño. Los astros, en suma, se han alineado retrógradamente para perjudicar a Venezuela.  

    Otro tanto sucede con lo que constituye la raíz del problema económico de Venezuela. Cuando Maduro afirmó que “la enfermedad del rentismo petrolero se metió en los huesos de todos”, está descargando a todo el chavismo de la obligacióm moral de responder ante tamaño yerro.  Ese virus se les metió en el cuerpo (social), penetró hasta los huesos.  No hay, ni habrá manera de evitarlo, qué vaina. Nadie se acuerda, entonces, de que Chávez hizo una opción decidida por este “modelo de desarrollo”, que mucho se habló de convertir a Venezuela en una potencia petrolera, y con ello algún trasnochado habló de la Cosmovisión Petrolera de Chávez, de la Visión Socialista de la Renta Petrolera.  Tras la proclamación del carácter socialista de la Revolución Bolivariana, se configuró un sistema de controles y participación del estado en la economía nacional que procuró sustituir el anterior sistema económico a través de importaciones masivas y expropiaciones estratégicas. Borrachos de petrodólares, nadie la vio venir; es decir, a nadie se le ocurrió pensar que los precios altos del petróleo no iban a durar para siempre, que la cuenta de las importaciones habría que pagarla en dólares contantes y sonantes, y que, como ya se había verificado en el pasado, el Estado es un pésimo gestor de empresas. Nadie se dio cuenta de que la Visión Socialista de la Renta Petrolera era, de suyo, insostenible.  Ahora que el festín se acabó, la Visión Socialista de la Renta Petrolera muta en enfermedad. 

    La borrachera de petrodólares, y la subsecuente resaca, deja al desnudo otra cosa, la otra cara de esta moneda chavista de irresponsabilidad y de echarle la culpa a los demás.  Este pueblo “empoderado”, que voceó su apoyo incondicional al chavismo, nunca se atrevió a criticarlo, a insinuar la necesidad de rectificar el rumbo, no.  Este pueblo chavista, que por más de una década repitió consignas como si se trataran de logros, independientemente de que éstas estuvieran sustentadas en hechos tangibles, y que ahora repite que no es madurista, sino chavista (otra forma de decir: yo no fui, fue Teté); este pueblo chavista, pues, jamás le pidió cuentas a sus líderes, volteó para el otro lado, o mejor, justificó lo injustificable dicendo que los adecos también robaban, y robaban más.  Este pueblo chavista permitió el saqueo del erario público, ¿y por qué? Porque siempre ha esperado.  Ha esperado su barril de petróleo, su parte del pastel. ¿Y no es la espera la contracara del empoderamiento, de la agencia? Por que la agencia implica la capacidad de actuar, dicho de otro modo, agencia es lo que una persona es libre de hacer y alcanzar en la búsqueda de la realización de sus metas.  Por otro lado, el empoderamiento se puede entender como una expansión de la agencia.  Pero el pueblo chavista no está empoderado ni tiene agencia.  El pueblo chavista no hace, ni alcanza, el pueblo chavista espera. Ellos esperan pacientemente, que las cosas se compongan.  Así en impersonal.   Ellos esperaron el apartamento de la misión vivienda o el cambur en el consejo comunal.  Ahora esperan las bolsas de comida del CLAP. Esperan, también, que los catorce motores echen a andar, y se mejore la situación ecónomica del país, y no haya más escacez.  Quién sabe, el que espera lo menos espera lo más. Ya la providencia ha premiado su disciplinada espera con unas buenas lluvias que han acabado con el racionamiento eléctrico, han llenado el Guri, y han puesto fin a la locura de una semana laboral de dos días.  A lo mejor suban los precios del petróleo tal como regresaron las lluvias: naturalmente. Y así el chavismo podrá respirar tranquilo, volverá a importar todo cuanto se consume en Venezuela, y las colas se acabarán, porque a fin de cuentas el modelo no es problema, el problema es la gente que se queja, y no sabe esperar, y quiere desastabilizar el gobierno, y acabar con la revolución bonita que duramos cuarenta años esperando.