La casa tomada
Para explicar la situación
actual en Venezuela, el Diputado Héctor Rodríguez ha recurrido a la metáfora de
la casa. Equiparó la situación del país con la de una
familia que ve disminuidos sus ingresos: "Estamos atravesando tiempos
difíciles, nadie lo puede negar. Que hayan bajado los ingresos petroleros de
3.500 millones de dólares mensuales a 100 es como si en cualquier casa hubiesen
bajado los ingresos de 30 mil a mil, porque botaron a los que trabajaban en la
casa. En esa casa yo estoy seguro que no se van a poner a pelear, sino que se
van a abrazar y van a decir vamos a trabajar, vamos a producir, vamos a salir
de esta dificultad". Rodríguez no
es el primero que echa mano de esta explicación. Ya el presidente Correa del Ecuador lo hizo una vez para explicar la evolución
económica de su país, el tránsito de la precariedad a la prosperidad, y luego
de vuelta a las dificultades. “Antes del
Gobierno, (el país) era como una familia que vivía en una casa de caña, en un
terreno ilegal, sin educación, ni salud para sus hijos y, encima, el jefe de
familia pierde su trabajo y se queda en la miseria, sin comer. Ahora
somos una familia de clase media, con una casa de cemento, un carro, terreno
legalizado, hijos con educación, salud. Tal vez tenemos un problema, tal vez
nos quedamos sin empleo, el jefe de familia, pero tiene tarjeta de crédito para
seguir subsistiendo, pero ya el país está en otro nivel.” Probablemente haya un valor didáctico en estas
explicaciones que usan la metáfora de la casa.
Acaso tenga que ver con el hecho de que la palabra Economía viene del
griego Oikos que significa casa. Por eso, el país reducido, a escala, los
problemas explicados para que cualquiera entienda, usando la casa como
referencia, sin necesidad de recurrir a teorías que suenan a esoterismo o
a cualquier otra cosa patrocinada por el imperialismo yanqui, por el
capitalismo global que nos tiene a todos oprimidos y jodidos, pues.
No cabe duda de que hay un gran problema
con ese tipo de explicación. Cuando todo
va bien, es el padre de familia el que se lleva las palmas, esto es, el
gobierno. El padre es el que genera todos los ingresos de los que disfruta la
familia y, generoso, reparte la riqueza entre todos los miembros de ella. Este padre responsable provee: la casa, el
carro, la educación, los servicios de salud.
La familia, en consecuencia, crece y prospera merced al buen juicio del
padre. Pero cuando las cosas están
saliendo mal este modelo explicativo falla estrepitosamente por una simple razón:
la ausencia de causalidad ---y con ella la ausencia de volición y de
responsabilidad. Cuando las cosas salen
mal en el país siempre se recurre al mismo tropo: el padre perdió el trabajo, y
la familia (la sociedad) sufre agudamente las consecuencias. Cuando las cosas van mal, el relato de la
crisis se asemeja al cuento de Julio Cortázar “Casa Tomada” en el cual fuerzas
ignotas, incorpóreas y sombrías expulsan a una pareja de hermanos del hogar. En
el relato de Cortázar se produce la ruptura de la trama de la realidad
cotidiana merced a la presencia de estas fuerzas que no podemos ver, pero sí que
podemos sentir con inquietante vividez. El
relato de la crisis venezolana comparte este atributo con “Casa tomada”: la
ausencia de causalidad. Pero lo que es
una virtud en el relato de Cortázar, resulta una falacia, un defecto en el relato
de la crisis venezolana. El relato de la
crisis venezolana es oscurecido mediante la sobre simplificación del núcleo de
sentido que puede atribuirse a lo que está sucediendo. Nunca se nos dice por
qué el padre pierde el trabajo, tampoco por qué la familia no tomó la previsión
de ahorrar, de disponer un fondo de contingencia o algo por el estilo; menos
aún se nos dice por qué en esta familia de marras nadie más que el padre
trabaja, y todos dependen de él. No se
nos dice que la Visión Socialista de la renta petrolera nación con plomo en el
ala porque jamás consideró los intereses del resto de los actores del mercado
petrolero; porque, cándidamente, los chavistas pensaron que los precios del
petróleo permanecerían altos toda la vida; porque nunca se les ocurrió pensar
que sus socios en la OPEP, llegado el momento, velarían por sus propios
intereses y no por los intereses de una manga de improvisados, disfrazados de
revolucionarios del siglo XXI. Los socios
de la OPEP están librando una guerra de precios en contra de los productores de
petróleo de esquisto, Rusia se coloca al margen de todo, dispuesto a hacer nada;
los precios desploman y Venezuela se ve a sí misma rehén de esta guerra, se
siente traicionada (pero no lo confiesa) por sus socios y amigos en esta
empresa de crear un mundo multipolar. Así pues, no cabe dudad de que el padre de familia ha perdido
su trabajo por incapaz, por inepto, por no saber hacer su trabajo, por no
haberla visto venir.
He allí la razón de
la pérdida de ingresos.Por otro lado, este padre ha demostrado, también, ser un
irresponsable, malcriador de sus hijos.
Gastó y gastó, pidió fiado para complacer a sus hijos y, aún, a sí mismo. Este padre generosísimo no puso límites a las
demandas de sus críos, pensó que la bonanza duraría para siempre, y ahora está
limpio y endeudado. Ya no puede comprar
comida porque, primero, la tarjeta de crédito le rebotó al alcanzar su
límite de crédito; después, el del abasto le dejó de fiar porque vio que no iba
a pagar; y así, no le fían ni en la farmacia o le prestan dinero sus allegados
porque de dónde limones si la mata se secó.
¿Y ahora que hacemos? ¿Quiere el padre un
voto de confianza después de semejante cagada?
Entiendo perfectamente por qué esta familia está peleando: porque está
frustrada al ver que el que se suponía que sabía lo que estaba haciendo no tenía, en realidad,
ni idea. ¿Que hay que trabajar?
Ciertamente. Pero no se le puede dar el mando a quien clama que la crisis ha
sucedido porque la casa está tomada, no. Así no se puede emendar la plana. Hay
que cambiar al jefe de familia, hay que darle el mando a otra persona que pueda
ver las cosas con claridad, más centrada, menos cándida, más previsiva y
asertiva. ¿Y el padre? Pues debe admitir
sus errores, velar por el bienestar de la familia, eso antes que nada, y dar un
paso al costado, permitiendo que otros hagan lo que tiene que ser hecho por el
bien de todos.

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