viernes, 22 de julio de 2016

El que espera lo menos...






    Siempre pensé que el ascenso de Hugo Chávez fue obra de la casualidad. Si en lugar de él, hubiese sido Arias Cárdenas el que hubiese comparecido ante los medios esa mañana del 4 de febrero, hoy día estaríamos hablando no del chavismo sino del arianismo o del cardenismo, o de cualquier otra cosa parecida.  Pero no es acerca de eso que quiero escribir hoy, es decir, no quiero hablar del poder decisivo de los medios en tanto artífices de la creación del fenómeno Chávez.  Más bien, quisiera referirme a otra cosa relacionada con esa comparecencia: Chávez se constituyó en el rostro del cambio que demandaba Venezuela porque, sencillamente, dio la cara, se hizo responsable de sus actos.  Y esto representaba un gran cambio en la Venezuela de los 90, la misma Venezuela del “me engañaron” de Lusinchi, del chino de RECADI, de Vinicio Carrera. Una Venezuela, pues, marcada por la impunidad, la irresponsabilidad, el yo no fui, fue Teté. Esta no es una idea original.  Creo que esta idea se la he leído a Barrera Tyszka o tal vez a Tulio Hernández, no me acuerdo.  Sin embargo, me gustaría contrastar esta idea con otra aserción que hemos escuchado repetir hasta el cansancio: que el Chavismo dio voz a los pobres, que los empoderó, los hizo dueños de su destino. Ese es uno de los argumentos que se esgrime cuando se trata de explicar el apasionamiento de los seguidores del fallecido comandante. Me parece, en cualquier caso, que esas son las dos caras de una sola moneda: responsabilidad y empoderamiento; he allí los supuestos dos pilares del chavismo.  

       Hoy, cuando el chavismo está en sus horas más bajas, me llama la atención que esos dos pilares han desaparecido.  La guerra económica es uno de los síntomas más evidentes de esto.  Ya el chavismo no da la cara, tan sólo se hace la víctima.  Pero hay más.  Maduro declaró hace no mucho que “Abastos Bicentenario se pudrió”. Te das cuenta entonces de que no hay voluntad de asumir que, por acción u omisión, ellos son responsables.  Los cuarenta y nueve detenidos del caso de los Abastos Bicentenario no son más que otros chinitos de RECADI, chivos expiatorios, cabezas de turco.  Así pues, lo que me llama la atención es la retórica: “se pudrió” Abastos Bicentenario.  No hay allí agencia, ni responsabilidad. Es como si se tratara de un evento natural.  Abastos Bicentenario se pudrió como un mango más que se cayó de la mata. Luego, no debe extrañarnos que la crisis eléctrica y del agua en Venezuela sea culpa, exclusivamente, del fenómeno de El Niño. Los astros, en suma, se han alineado retrógradamente para perjudicar a Venezuela.  

    Otro tanto sucede con lo que constituye la raíz del problema económico de Venezuela. Cuando Maduro afirmó que “la enfermedad del rentismo petrolero se metió en los huesos de todos”, está descargando a todo el chavismo de la obligacióm moral de responder ante tamaño yerro.  Ese virus se les metió en el cuerpo (social), penetró hasta los huesos.  No hay, ni habrá manera de evitarlo, qué vaina. Nadie se acuerda, entonces, de que Chávez hizo una opción decidida por este “modelo de desarrollo”, que mucho se habló de convertir a Venezuela en una potencia petrolera, y con ello algún trasnochado habló de la Cosmovisión Petrolera de Chávez, de la Visión Socialista de la Renta Petrolera.  Tras la proclamación del carácter socialista de la Revolución Bolivariana, se configuró un sistema de controles y participación del estado en la economía nacional que procuró sustituir el anterior sistema económico a través de importaciones masivas y expropiaciones estratégicas. Borrachos de petrodólares, nadie la vio venir; es decir, a nadie se le ocurrió pensar que los precios altos del petróleo no iban a durar para siempre, que la cuenta de las importaciones habría que pagarla en dólares contantes y sonantes, y que, como ya se había verificado en el pasado, el Estado es un pésimo gestor de empresas. Nadie se dio cuenta de que la Visión Socialista de la Renta Petrolera era, de suyo, insostenible.  Ahora que el festín se acabó, la Visión Socialista de la Renta Petrolera muta en enfermedad. 

    La borrachera de petrodólares, y la subsecuente resaca, deja al desnudo otra cosa, la otra cara de esta moneda chavista de irresponsabilidad y de echarle la culpa a los demás.  Este pueblo “empoderado”, que voceó su apoyo incondicional al chavismo, nunca se atrevió a criticarlo, a insinuar la necesidad de rectificar el rumbo, no.  Este pueblo chavista, que por más de una década repitió consignas como si se trataran de logros, independientemente de que éstas estuvieran sustentadas en hechos tangibles, y que ahora repite que no es madurista, sino chavista (otra forma de decir: yo no fui, fue Teté); este pueblo chavista, pues, jamás le pidió cuentas a sus líderes, volteó para el otro lado, o mejor, justificó lo injustificable dicendo que los adecos también robaban, y robaban más.  Este pueblo chavista permitió el saqueo del erario público, ¿y por qué? Porque siempre ha esperado.  Ha esperado su barril de petróleo, su parte del pastel. ¿Y no es la espera la contracara del empoderamiento, de la agencia? Por que la agencia implica la capacidad de actuar, dicho de otro modo, agencia es lo que una persona es libre de hacer y alcanzar en la búsqueda de la realización de sus metas.  Por otro lado, el empoderamiento se puede entender como una expansión de la agencia.  Pero el pueblo chavista no está empoderado ni tiene agencia.  El pueblo chavista no hace, ni alcanza, el pueblo chavista espera. Ellos esperan pacientemente, que las cosas se compongan.  Así en impersonal.   Ellos esperaron el apartamento de la misión vivienda o el cambur en el consejo comunal.  Ahora esperan las bolsas de comida del CLAP. Esperan, también, que los catorce motores echen a andar, y se mejore la situación ecónomica del país, y no haya más escacez.  Quién sabe, el que espera lo menos espera lo más. Ya la providencia ha premiado su disciplinada espera con unas buenas lluvias que han acabado con el racionamiento eléctrico, han llenado el Guri, y han puesto fin a la locura de una semana laboral de dos días.  A lo mejor suban los precios del petróleo tal como regresaron las lluvias: naturalmente. Y así el chavismo podrá respirar tranquilo, volverá a importar todo cuanto se consume en Venezuela, y las colas se acabarán, porque a fin de cuentas el modelo no es problema, el problema es la gente que se queja, y no sabe esperar, y quiere desastabilizar el gobierno, y acabar con la revolución bonita que duramos cuarenta años esperando.  

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