Plaza Sucre en Cagua, 7:00 a.m. Es Martes. Resignadamente me dispongo a hacer la cola
para renovar mi cédula de identidad. Me aflige la idea de perder toda la mañana
haciendo ese trámite. Me fastidia, también, la gente que está en lo cola,
quejándose de que aún no han abierto las oficinas de identificación, de que el
personal ya llegó, pero está tomándose un cafecito, de porqué lo hace esperar
tanto a uno, si hay tanto qué hacer… Exhalo un “como si no supieran dónde están…” Mi atención se divide entre el teléfono
celular (twitter, instagram, facebook y afines) y la observación de la gente a
mi alrededor: una actividade como de hormigas que van colocando cada cosa en su
sitio dentro de esa casa viejísima que sirve de sede no tan sólo a Identificación,
sino también a un vario pinto grupo de organizaciones sociales afectas al
chavismo. De momento, el celular está ganando
la partida: la señora que limpia el piso con aserrín impregado en querosén, el
viejito que saca la basura de las oficinas de los colectivos sociales o la
gente ataviada de rojo, rojito que conversa en voz baja no son competencia para
el facebook. Un rato después, una señora
tras de mí me saca de mi ostracismo.
Capturo apenas una porcion de lo que conversa con otra señora a su
lado. Como gruñendo, ha repetido varias
veces: Si aquí todos parecen malandros… Mosqueado, levanto la vista y miro a mi
alrededor. Me doy cuenta de que la
señora tal vez tenga razón. Digo tal vez, porque al momento de aprobar con una
media sonrisa lo que la señora ha dicho, advierto, tambien, que eso que estoy pensando
no es políticamente correcto, que es reprensible, seguro. Pero más allá de toda consideración racial o
de clase, ¿a qué se refiere la doña? Siento la necesidad de justificar mi
aprobación de la señora. Miro y miro en
busca de un asidero que me permita racionalizar la cuestión. Entonces, del marasmo de lecturas que hice
para escribir mi tesis doctoral, surge un autor en particular, Akhil Gupta, y
su idea de “blurred boundaries” entre el Estado y la Sociedad civil en la India.
The local level encounters with
the state described in this [article] help us discern another significant
point. Officials like S., who may very
well constitute a majority of states employees occupying positions at the
bottom of the bureaucratic pyramid, posit an interesting challenge to Western
notions of the boundaries between “sate” and “civil society” in some obvious
ways. The Western historical experience
has been built on states that out people in locations distinct for their homes
---in offices, cantonments, and courts--- to mark their “rationalized” activity
as office holders in a bureaucrat apparatus. People such as S. collapse this distinction not only between
their role as public servants and as private citizens at their site of
activity, but also in their style of operation.
(“Blurred boundaries” por
Akhil Gupta)
Lo que quiere demostrar Gupta, entre otras cosas, es que en India el
aparato burocrático se ha trasladado de espacios neutros, públicos, a espacios
privados, domésticos. Hay un
solapamiento entre Estado y la Sociedad Civil.
Ahora bien, en lo que toca al estilo de operación, Gupta señala una
desprofesionalización de la práctica burocrática; influda por el espacio
doméstico en el que se desarrolla, la función pública se hace personal. Así, el
funcionario concede favores, en lugar de servir al ciudadano. De allí que se imponga una lógica de reciprocidad
que manda que “hoy por ti y mañana por mí”; una lógica también en la que las
dádivas, y los sobornos son moneda de uso corriente. Lo que le molesta al ciudadano, entonces, es
no saber cómo es la movida, la corrupción en sí no es un asunto problemático.
Reparo entonces en el hecho de que lo que le molesta a esta doña es que
haya esa conchupancia entre “sociedad civil” y gobierno; que no haya separación
alguna entre los militantes y los burócratas, entre los que nos prometen a
grito pelado que “no volverán” y los que deben servir a todos los venezolanos por
igual. Pero hay algo más…
He traido todo
esto a cuento, luego de que en uno de los rurnrunes de Nelson Bocaranda se citaba a un militante chavista que, exasperado,
desde la tribuna de Aporrea, explicaba por qué “no volverán”. Pasaba entonces a mencionar las decenas de
estructuras chavistas que
operan en casi todos los municipios del país, basadas exclusivamente en
recursos fiscales. Programas, misiones,
y afines en los que se apuntala la acción gubernamental y que garantizan que el
chavismo nunca será minoría. Bocaranda
señalaba que en esas intancias es que se han ido “los millones de dólares
generados por el más grande y sostenido boom petrolero que haya tenido
Venezuela en toda su historia”. En estas estructuras, pues, está el germen de
la corrupción y el clientelismo. Esas
estructuras son opacas e inauditables, como el gobierno. He allí la gran tragedia de Venezuela: el
gobierno de calle, la democracia protagónica y participativa, el socialismo del
Siglo XXI es una vasta morada de bandidos.
Aquí todos parecen malandros porque quienes están llamados a
fiscalizar, roban también; quienes se han arrogado la responsabilidad de
redistribuir la riqueza, lo que hacen es sustraerla. La sociedad civil malandra es una con
el gobierno. Por eso es que siguen y seguirán ganando los chavistas porque si
cada voto es una piedra para lapidar a los corruptos, a los vende patria, todo
el que sostiene una se la guarda, se hace el loco, mira para otro lado, mientras
silba una tonada cualquiera; no vaya a ser que le peguen una pedrada en el ojo.

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