lunes, 15 de diciembre de 2014

Aquí todos parecen malandros



Plaza Sucre en Cagua, 7:00 a.m. Es Martes.  Resignadamente me dispongo a hacer la cola para renovar mi cédula de identidad. Me aflige la idea de perder toda la mañana haciendo ese trámite. Me fastidia, también, la gente que está en lo cola, quejándose de que aún no han abierto las oficinas de identificación, de que el personal ya llegó, pero está tomándose un cafecito, de porqué lo hace esperar tanto a uno, si hay tanto qué hacer… Exhalo un “como si no supieran dónde están…”  Mi atención se divide entre el teléfono celular (twitter, instagram, facebook y afines) y la observación de la gente a mi alrededor: una actividade como de hormigas que van colocando cada cosa en su sitio dentro de esa casa viejísima que sirve de sede no tan sólo a Identificación, sino también a un vario pinto grupo de organizaciones sociales afectas al chavismo.  De momento, el celular está ganando la partida: la señora que limpia el piso con aserrín impregado en querosén, el viejito que saca la basura de las oficinas de los colectivos sociales o la gente ataviada de rojo, rojito que conversa en voz baja no son competencia para el facebook.  Un rato después, una señora tras de mí me saca de mi ostracismo.  Capturo apenas una porcion de lo que conversa con otra señora a su lado.  Como gruñendo, ha repetido varias veces: Si aquí todos parecen malandros… Mosqueado, levanto la vista y miro a mi alrededor.  Me doy cuenta de que la señora tal vez tenga razón. Digo tal vez, porque al momento de aprobar con una media sonrisa lo que la señora ha dicho, advierto, tambien, que eso que estoy pensando no es políticamente correcto, que es reprensible, seguro.  Pero más allá de toda consideración racial o de clase, ¿a qué se refiere la doña? Siento la necesidad de justificar mi aprobación de la señora.  Miro y miro en busca de un asidero que me permita racionalizar la cuestión.  Entonces, del marasmo de lecturas que hice para escribir mi tesis doctoral, surge un autor en particular, Akhil Gupta, y su idea de “blurred boundaries” entre el Estado y la Sociedad civil en la India. 

The local level encounters with the state described in this [article] help us discern another significant point.  Officials like S., who may very well constitute a majority of states employees occupying positions at the bottom of the bureaucratic pyramid, posit an interesting challenge to Western notions of the boundaries between “sate” and “civil society” in some obvious ways.  The Western historical experience has been built on states that out people in locations distinct for their homes ---in offices, cantonments, and courts--- to mark their “rationalized” activity as office holders in a bureaucrat apparatus. People such as S.  collapse this distinction not only between their role as public servants and as private citizens at their site of activity, but also in their style of operation.  (“Blurred boundaries” por Akhil Gupta)

Lo que quiere demostrar Gupta, entre otras cosas, es que en India el aparato burocrático se ha trasladado de espacios neutros, públicos, a espacios privados, domésticos.  Hay un solapamiento entre Estado y la Sociedad Civil.  Ahora bien, en lo que toca al estilo de operación, Gupta señala una desprofesionalización de la práctica burocrática; influda por el espacio doméstico en el que se desarrolla, la función pública se hace personal. Así, el funcionario concede favores, en lugar de servir al ciudadano.  De allí que se imponga una lógica de reciprocidad que manda que “hoy por ti y mañana por mí”; una lógica también en la que las dádivas, y los sobornos son moneda de uso corriente.  Lo que le molesta al ciudadano, entonces, es no saber cómo es la movida, la corrupción en sí no es un asunto problemático.

Reparo entonces en el hecho de que lo que le molesta a esta doña es que haya esa conchupancia entre “sociedad civil” y gobierno; que no haya separación alguna entre los militantes y los burócratas, entre los que nos prometen a grito pelado que “no volverán” y los que deben servir a todos los venezolanos por igual.  Pero hay algo más… 
He traido todo esto a cuento, luego de que en uno de los rurnrunes de Nelson Bocaranda  se citaba a un militante chavista que, exasperado, desde la tribuna de Aporrea, explicaba por qué “no volverán”.  Pasaba entonces a mencionar las decenas de estructuras chavistas que operan en casi todos los municipios del país, basadas exclusivamente en recursos fiscales.  Programas, misiones, y afines en los que se apuntala la acción gubernamental y que garantizan que el chavismo nunca será minoría.  Bocaranda señalaba que en esas intancias es que se han ido “los millones de dólares generados por el más grande y sostenido boom petrolero que haya tenido Venezuela en toda su historia”. En estas estructuras, pues, está el germen de la corrupción y el clientelismo.  Esas estructuras son opacas e inauditables, como el gobierno.  He allí la gran tragedia de Venezuela: el gobierno de calle, la democracia protagónica y participativa, el socialismo del Siglo XXI es una vasta morada de bandidos.  Aquí todos parecen malandros porque quienes están llamados a fiscalizar, roban también; quienes se han arrogado la responsabilidad de redistribuir la riqueza, lo que hacen es sustraerla.  La sociedad civil malandra es una con el gobierno. Por eso es que siguen y seguirán ganando los chavistas porque si cada voto es una piedra para lapidar a los corruptos, a los vende patria, todo el que sostiene una se la guarda, se hace el loco, mira para otro lado, mientras silba una tonada cualquiera; no vaya a ser que le peguen una pedrada en el ojo.

No hay comentarios.: