La voz del pobre o de los diez millones de firmas (que no recogieron).
Me asombra la candidez (o el cinismo) de los simpatizantes
del chavismo que afirman que una de las principales virtudes del chavismo ha
sido el darle voz a los pobres; una modulación de esta idea es la que dice que
los pobres son, ahora, visibles. ¿En
cuántos foros hemos escuchados a intelectuales de izquierda alabar al regimen chavista
precisamente esto? Más aún, incluso los
opositores al regimen convienen en que durante los cuarenta años de la
democracia venezolana los partidos actuaron con desprecio absoluto hacia esta
clase, con lo cual se parece apuntalar la primera idea. Mi asombro viene dado, pues, por el hecho de
que unos y otros suelen olvidar un pequeñísimo detalle: los pobres en Venezuela
tienen voz sólo para hacer coro, para repetir los contenidos que desde el poder
se les dictan, para asentir, consentir, jamás para disentir.
Esos “pobres” que opinan diferente han sido manipulados,
defienden intereses espurios o, simplemente, vienen ya envenenados.
También estos pobres críticos han sido tildados de traidores, infiltrados, una manga de ingratos, miserables, que dan puñaladas traperas,
Para nadie es un secreto que el chavismo encaja muy mal las
críticas. Su impulso natural es siempre descalificar
al que muestra su disconformidad, mucho más si es un “pobre” el que critica.
¿Entonces, en qué quedamos: los pobres tienen voz o no, son visibles
o no? Parece que el don de la voz (o la
visibilidad) le ha sido concedida al “pobre” con la sola condición de
convertirse en “patriota cooperante” o pedigüeño de oficio, masa arreada una y
otra vez para favorecer los oscuros intereses del poder. Porque eso es lo que se me ocurre que puede
explicar la comedia de los diez millones de firmas. ¿Por qué podría interesarle al “pobre” que
siete funcionarios del gonierno no puedan entrar a los EUA y vean congelados
sus bienes? ¿Por qué el pobre se presta a la pantomima del simulacro de evacuación?
De antemano se sabía que el decreto de Obama no iba a ser derogado, que EUA no
iba a bombardear Caracas. Se sabía que
lo de la amenaza inusual era pura
retórica, un mero formalismo legislativo. ¿Entonces por qué aceptar sin renegar ese pote de humo, hacerse eco de algo tan burdo,
distraerse en un espectáculo tan mal montado? Tan sólo puedo imaginarme a los
mismos sancionados, especialmente a aquellos que pertenecen a las fuerzas
armadas, presionando al gobierno para que se les apoye públicamente, se les respalde en sus
acciones que, a fin de cuentas, fueron en “defensa” de la revolución. Luego, queda claro que los “pobres” en
Venezuela son los peones del tablero, una suerte de activo que el gobierno
moviliza a su antojo. Y los pobres se
movilizan, obsecuentes, gritando, eso sí, las consignas que les dictan desde el
poder porque ellos no pueden decir lo que sienten, no, ¡jamás!. ¿Entonces, cuál voz, cuál visivilidad? El “pobre” es el actor de reparto
de este sainete, mejor aún, el figurante, el extra: es ese el alcance y la
función de su visibilidad, de su voz.
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